El Tesoro de Magdaleno Cedillo; una odisea de oro y sangre
Por: Joel De Alba




Hace más de un siglo, Magdaleno Cedillo y su banda de revolucionarios saqueaban trenes, asesinaban y escondían un tesoro millonario en oro. Décadas de búsqueda han intentado descifrar su ubicación, pero la historia permanece envuelta en misterio y leyenda.
Saquear, matar, incendiar, asaltar y volar trenes era su especialidad. Los Cedillo no tenían rival en la región: actuaban con tal destreza y presteza que no quedaba carro sano ni cosa de valor. No discriminaban entre los vagones del Express, donde viajaban las riquezas del gobierno, y las faltriqueras del pasajero más humilde. Ruegos y súplicas eran inútiles. Nadie podía detenerlos. Su fama de temibles se extendía con rapidez por todo el Valle del Maíz, Angostura y la región de Rioverde. Lo que motivaba su violencia era, sin duda, un odio profundo, aunque su programa y sus objetivos se percibían difusos.
Primero, se levantaron en armas contra Madero; tras su asesinato, se enfrentaron a Huerta; luego, contra Carranza, alineándose por un tiempo con Victoriano Huerta, y finalmente contra todos, incluso uniéndose por momentos a los villistas. Con tal cantidad de enemigos, nunca les faltaron trenes para asaltar, ni haciendas y ranchos para saquear, y entre tanto saqueo se hicieron de un tesoro legendario: el inencontrado tesoro de Magdaleno Cedillo.
El primer robo significativo ocurrió en enero de 1913, días antes del cuartelazo de Victoriano Huerta, cuando asaltaron el tren en la Estación Tablas, llevándose más de $800,000 en oro del gobierno federal. Este golpe los catapultó al reconocimiento dentro de la Revolución. A este éxito siguieron otros cientos de miles de pesos robados en asaltos consecutivos al mismo tren, hasta que finalmente, uno de sus golpes más espectaculares les dejó en las manos más de un millón de pesos en oro, escondidos en tubos que descubrieron por casualidad. Magdaleno Cedillo, líder indiscutible del clan, controlaba todos estos movimientos.
Para 1915, Saturnino, hermano de Magdaleno, liberado de prisión en San Luis, se unió a Villa y participó en la sangrienta batalla de Ébano, en la que murió Cleofas Cedillo. Tras la derrota villista, los Cedillo quedaron en una situación precaria: no había ya “qué carrancear” y los seguidores de Carranza los hostigaban sin tregua. Finalmente, en octubre de 1917, Rentería Luviano los persiguió al Valle del Maíz y en un cruento combate, una bala de cañón desgajó la piedra donde se defendía Magdaleno, hiriéndolo mortalmente. Antes de morir, confesó a Rentería Luviano la existencia de su tesoro: “¡Es cierto!”, exclamó, y le instó a buscarlo, sin revelar su ubicación exacta. Desde entonces, buscadores incansables han intentado localizarlo, pero su paradero se mantuvo oculto, incluso para su hermano Saturnino.
Ángel Benavides Hernández, testigo privilegiado de los movimientos del tesoro, relata cómo fue reclutado en febrero de 1917 para trabajar con Magdaleno. Llegaron a la Hacienda de Palomas y, tras una caminata de varias horas hasta El Guajolote, se les asignó la construcción de un túnel de diez metros para ocultar un polvorín y, más tarde, el tesoro. La obra fue ardua: roca de pizarra y capas de tierra dura, marros y palas que apenas alcanzaban para abrir el túnel. Cada jornada de trabajo implicaba esfuerzo físico extremo y la vigilancia de los hombres de confianza de Magdaleno para garantizar que nadie conociera la ubicación del tesoro.
Una vez terminado el túnel, se descubrieron 1,171 costales de oro, además de otros 68 que se reservaron para distintas providencias. Las monedas estaban dispuestas en tubos envueltos en yute y sellados con barro, lo que dificultaba su transporte. Ángel y sus compañeros se encargaron de mover los costales a escondidas, enfrentándose a la tensión constante de ser descubiertos. El General Cedillo, cuidadoso y calculador, supervisaba todo el proceso personalmente, asegurándose de que nadie más supiera del paradero de las riquezas.
Durante las noches, se trabajaba bajo la luz de la luna, con miedo y suspenso constantes. Ángel, al ser el único confiable, tuvo que sortear la desconfianza de los demás y el peligro de ser asesinado si se revelaba algún detalle. La organización del tesoro era minuciosa: las bolsas eran trasladadas con mulas y hombres fuertes, distribuidas según tamaño y peso. Las tareas eran extenuantes, y cada día de trabajo dejaba a Ángel agotado y con el corazón latiendo con fuerza ante la posibilidad de ser descubierto.
El juramento final ante un Santo Cristo y las velas de cera selló la promesa de guardar el secreto para siempre. El General Cedillo entregó personalmente las víboras repletas de monedas a cada trabajador, asegurándose de que nadie más supiera el contenido ni el lugar exacto de enterramiento. La tensión cedió, y por un momento, Ángel experimentó alivio y gratitud, consciente de que la vida de él y su familia dependía de su discreción y fidelidad al juramento.
La historia del tesoro de Magdaleno Cedillo es más que un relato de oro y saqueo; es un testimonio de la violencia, la astucia y la vida en la frontera de la Revolución Mexicana. Cada acción de los Cedillo estaba marcada por la estrategia, la rapidez y la brutalidad, y cada uno de sus movimientos fue un reflejo de los tiempos convulsos que vivió México a principios del siglo XX. El tesoro sigue siendo un misterio, pero la memoria de quienes participaron en su escondite mantiene viva la leyenda de Magdaleno Cedillo y su incalculable fortuna, un símbolo de la mezcla de heroísmo y crimen que caracterizó la Revolución.







