LA BRUJA TLAXCALTECA

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La leyenda viva que desafió a la Iglesia y desapareció tras ser ahorcada.

Por Joel De Alba Márquez

A más de cuatro siglos de su ejecución, el misterio y la furia de la Bruja Tlaxcalilla sigue rondando en las calles del antiguo barrio de Tlaxcala, donde aún se murmura que su espíritu busca venganza.

En el corazón histórico del Barrio de Tlaxcala, la leyenda de una mujer sin nombre, conocida únicamente como la Bruja Tlaxcalilla, revive entre piedras coloniales y recuerdos borrados por el tiempo. Su historia no solo ha resistido los embates de los siglos, sino que ha cobrado fuerza como símbolo de resistencia indígena y de lucha contra la opresión colonial. Señalada por convocar a una rebelión contra la Iglesia Católica a finales del siglo XVI, fue ejecutada públicamente tras ser acusada de brujería y subversión. Su cuerpo desapareció misteriosamente al día siguiente de su ejecución, dando paso a una leyenda que mezcla lo místico con lo político.

Los cronistas populares la recuerdan como una mujer guachichil, fuerte y sabia, que vivía antes incluso de que San Luis Potosí fuese oficialmente fundado. Formaba parte de las comunidades indígenas integradas por la fuerza al sistema colonial español. Sin registro de nacimiento ni bautismo, nunca se conoció su nombre verdadero. La llamaban simplemente la Bruja de Tlaxcala, o Tlaxcalilla, como diminutivo de cariño o desprecio, según quién contara la historia.

Según la tradición oral, poseía un conocimiento ancestral que le permitía crear brebajes con peyote, uno de los cuales le habría otorgado el poder de transformarse en animales, siendo un venado su forma preferida. De noche, se desplazaba por los cerros, evitando a los curiosos, pero no lo suficiente como para que su familia y vecinos no supieran de su habilidad.

Domingo de rebelión, el 18 de julio de 1599

Ese día, el llamado a misa del mediodía en el templo del Barrio de Tlaxcala cayó en el vacío. Las bancas permanecieron vacías. Los indígenas, en su mayoría, se resistieron a acudir al culto, influenciados, según las versiones oficiales de la época, por la bruja guachichil. El mismo día, una turba se presentó en el templo, no para rezar, sino para atacar. Piedras, palos y gritos reemplazaron los cánticos religiosos. El saqueo se replicó en el Barrio de Santiago. La revuelta cimbró a las autoridades coloniales.

La respuesta no se hizo esperar. Gabriel Ortiz Fuenmayor, encargado de la justicia en la región, acudió personalmente al Barrio de Tlaxcala. Sin juicio ni derecho de réplica, tomó a la mujer por el cabello ante la mirada de sus seguidores. Fue acusada formalmente de brujería y sedición. Los mismos que la acompañaban en la revuelta testificaron en su contra, probablemente bajo presión o amenaza. Ese mismo día, sin mayor deliberación, se dictó y ejecutó la sentencia: muerte por ahorcamiento.

Un cadáver que no murió… o que no se quedó colgado

Testigos del evento aseguraron que la mujer tardó en morir. Colgada frente al pueblo, gritaba maldiciones en lengua indígena, profiriendo amenazas hacia sus verdugos y el pueblo entero. El cuerpo debía permanecer tres días como escarmiento público, pero al día siguiente, para asombro de todos, había desaparecido.

Hay quienes aseguran que fueron sus seguidores quienes descolgaron el cuerpo y le dieron sepultura en secreto. Otros afirman que fue ella misma quien, con ayuda de su magia, volvió a la vida y huyó transformada en venado. Una versión más asegura que dejó su marca maldita: una huella impresa en la puerta lateral del Templo del Carmen, sobre la calle Manuel José Othón, para que nadie olvidara el castigo infligido a su pueblo.

Símbolo de resistencia o leyenda negra

Hoy, académicos e historiadores populares comienzan a ver en la figura de la Bruja Tlaxcalilla algo más que un personaje de superstición. Su historia es reinterpretada como la de una mujer indígena que se resistió a la imposición religiosa y cultural de los colonizadores. En lugar de verla como una amenaza demoníaca, se le empieza a considerar una lideresa rebelde, protectora de su pueblo, sabia en conocimientos botánicos y conectada con la tierra.

El silencio eclesiástico sobre su existencia real contrasta con la persistencia de su mito entre los habitantes de los barrios antiguos. En calles empedradas, entre iglesias levantadas sobre templos prehispánicos, la figura de la bruja-vengadora persiste como advertencia y como consuelo.

En pleno siglo XXI, mientras el país revalora sus raíces indígenas y discute el legado de la conquista, la Bruja Tlaxcalteca emerge del olvido para recordarnos que no todas las batallas se pelean con armas;  algunas se libran con palabras, con plantas sagradas, con símbolos… y con magia.

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